Tres coches comparten por primera vez una vuelta en Barcelona

Tres coches comparten por primera vez una vuelta en Barcelona
Crédito: FanF1

Probablemente, el Gran Premio de España de 2020 no pasará a la historia como una carrera emocionante: solo tres coches terminaron en la misma vuelta, lo que hizo que el espectáculo fuera bastante aburrido. Pero no es la primera vez que ocurre; FanF1 nos recuerda por qué.

Los aficionados están hartos de este escenario siempre igual: un solo equipo se lleva todos los puntos, mientras que los demás se disputan las migajas. Sin embargo, este patrón no es nada nuevo: es el ritmo mismo de la Fórmula 1, un deporte que no ha dejado de reinventar su propia jerarquía para ver cómo una nueva dinastía toma la delantera.

La historia comienza en Barcelona, en 1993, cuando el Gran Premio de España se convierte en una demostración de flagrante disparidad. De los 26 pilotos que tomaron la salida, Alain Prost cruzó la línea de meta con 16 segundos de ventaja sobre Ayrton Senna y 27 segundos sobre el joven Michael Schumacher. El pelotón era una auténtica procesión: todos los demás coches tenían al menos una vuelta de retraso, con Gerhard Berger languideciendo dos vueltas por detrás, en sexta posición. Lo que impidió que la carrera fuera totalmente aburrida fueron los 12 abandonos por problemas mecánicos, que inyectaron una dosis efímera de suspense en una competición por lo demás desequilibrada. Cinco años después, la fórmula era la misma, solo había cambiado el nombre dominante. El McLaren-Mercedes de Adrian Newey, pilotado por Mika Häkkinen y David Coulthard, convirtió las primeras carreras de 1998 en una carrera a dos. En Melbourne, los únicos coches en la vuelta del líder fueron los dos Flechas de Plata, con Häkkinen solo 0,7 segundos por delante de su compañero de equipo. Brasil ofreció un panorama similar: solo cuatro pilotos terminaron en la vuelta del líder, con el Ferrari de Michael Schumacher y el Benetton de Alexander Wurz a más de un minuto del ganador finlandés. La fiabilidad, siempre caprichosa, era el único elemento que podía alterar el orden establecido. El comienzo de la década de 2000 amplificó esta tendencia. Entre 2000 y 2004, Ferrari construyó un motor dominante que dejó a sus rivales impotentes. La temporada 2002 comenzó con la victoria de Schumacher en Australia, y solo tres coches —el de Schumacher, el de Juan Pablo Montoya y el de Kimi Räikkönen— se repartieron las primeras posiciones. Este patrón se repitió carrera tras carrera, culminando con un título histórico ganado prematuramente en el Gran Premio de Francia, donde Schumacher consiguió su quinto título cuando aún quedaban seis carreras por disputar. Ese año, Ferrari acumuló tantos puntos en la clasificación de constructores como todos los demás equipos juntos. Diez años más tarde, el Brawn GP de Jenson Button experimentó un ascenso similar, ganando seis de las siete primeras carreras en 2009. Estos ciclos de supremacía se han convertido en el sello distintivo de este deporte. Mercedes reina desde 2014, mientras que Red Bull llevó las riendas de 2010 a 2013. Los críticos señalan el DRS y otras ayudas «artificiales» como únicas fuentes de emoción, pero la historia demuestra que los problemas de fiabilidad desempeñaron en su día el mismo papel. Hoy en día, los coches terminan las carreras en un pelotón muy apretado, pero el espectáculo sigue siendo insípido sin una guerra de neumáticos que obligue a realizar apuestas estratégicas. La temporada 2012 ofreció un breve atisbo de lo que la Fórmula 1 puede lograr cuando el campo está realmente abierto. Siete ganadores diferentes se sucedieron en las siete primeras carreras: Jenson Button (Australia), Fernando Alonso, Nico Rosberg, Sebastian Vettel, Pastor Maldonado, Mark Webber y Lewis Hamilton, antes de que Kimi Räikkönen sumara una octava victoria para Lotus. Ese año demostró que, cuando la normativa, la fiabilidad y la competición se alinean, este deporte puede ofrecer un suspense incesante sin artificios. Ahora que se avecina la próxima serie de reglamentos técnicos para 2022, la esperanza es sencilla: restablecer un equilibrio en el que coexistan el rendimiento, la sostenibilidad y las auténticas batallas en la pista. Solo entonces la Fórmula 1 recuperará la emoción impredecible que mantiene en vilo a los aficionados.