Durante la temporada 1996 de Fórmula 1, el campeonato se convirtió en una reñida confrontación entre los hijos de antiguos campeones, Damon Hill y Jacques Villeneuve. Ambos vinculados a la escudería Williams, se disputaron el título desde la primera carrera en Australia, hace exactamente veinte años.
El circuito Albert Park de Melbourne celebró su vigésimo aniversario esta temporada, pero el acontecimiento que más dio que hablar no fue este aniversario en sí, sino más bien el espectacular debut de un novato que convirtió la carrera inaugural en una auténtica historia de madurez. En un circuito que acababa de sustituir al de Adelaida en 1996, Jacques Villeneuve, recién salido de la IndyCar, donde acababa de ganar las 500 Millas de Indianápolis y el campeonato estadounidense, llegó con cara nueva y reescribió inmediatamente el guion. Williams, respaldado por el motor Renault, parecía dispuesto a dominar desde la primera sesión de entrenamientos. Pero el verdadero interés residía en la rivalidad dentro del equipo entre el veterano británico Damon Hill y su inexperto compañero. Hill abordaba el fin de semana convencido de que 1996 sería por fin su año, después de haber perdido por poco el título en 1994 y de pasar un año viendo cómo Michael Schumacher, la apisonadora alemana, se alzaba con la victoria. Dado que el «Barón Rojo» de Ferrari ya no era un rival serio, Hill tenía la presión de cumplir las promesas del equipo.
Villeneuve, hijo de la leyenda canadiense Gilles, aportaba una actitud relajada, casi americana, que contrastaba con el comportamiento más rígido de Hill. Este contraste se puso de manifiesto en la parrilla de salida, cuando el canadiense superó a Hill por unas centésimas de segundo y se hizo con la pole position, un resultado que dejó atónito al piloto británico. La segunda línea también causó sensación, con Eddie Irvine por delante de su compañero de equipo en Ferrari, Michael Schumacher. La carrera en sí comenzó con una espectacular reanudación tras el espectacular accidente de Martin Brundle al volante de su Jordan. Villeneuve tuvo una salida perfecta, se puso en cabeza y acabó liderando 50 de las 58 vueltas. Hill lo persiguió sin descanso, pero un problema técnico —se derramó aceite sobre su casco y su alerón delantero— le impidió avanzar. Cuando Villeneuve se vio obligado a ahorrar combustible hacia el final, Hill lo adelantó para llevarse la victoria, relegando al novato a un orgulloso segundo puesto.
A pesar de esta derrota, la actuación de Villeneuve envió un mensaje claro: el joven de 24 años era un auténtico aspirante al título, una afirmación que mantendría hasta el enfrentamiento final en Japón y que finalmente materializaría al ganar el campeonato al año siguiente. Así, el Gran Premio de Melbourne se convirtió menos en una celebración del aniversario de un circuito que en un trampolín hacia una nueva era en la Fórmula 1.