En ausencia de emisión, fueron los invitados famosos quienes finalmente disfrutaron de más tiempo en antena este fin de semana.
El esplendor del paseo marítimo de Miami debería haber convertido el Gran Premio en un escaparate veraniego, pero el fin de semana se desarrolló más como una fiesta de disfraces que como una verdadera prueba de velocidad. Presentada como un circuito espectacular y propicio para los adelantamientos, la carrera se asemejó más al drama sofocante de Mónaco, con un desfile de celebridades —muchas de las cuales no conocían la Fórmula 1— invadiendo las gradas, mientras que la pista en sí misma apenas ofrecía agarre. Construida a toda prisa, la superficie parecía tosca e implacable, lo que provocó peticiones para que se realizaran más vueltas de prueba antes del evento e incluso la sugerencia de trasladar la carrera a un circuito estadounidense con más experiencia. Más allá de la brillante fachada, el espectáculo planteó preguntas sobre la orientación de este deporte. Los pilotos llevaban cascos que parecían balones de baloncesto, algunos incluso cambiaban tres carcasas diferentes en un solo fin de semana, mientras que los propios coches sufrían modificaciones estéticas que apenas mejoraban su rendimiento. Esta escena probablemente habría dejado perplejos a leyendas como Fangio, Lauda y Senna, e incluso un personaje tan extravagante como James Hunt podría haber fruncido el ceño al ver las sirenas sonando desde el paddock junto a la piscina. Al final, lo que se presentaba como un evento histórico se convirtió en una exposición vacía, que recordó a los aficionados que el corazón de la Fórmula 1 sigue latiendo en la pista, y no bajo los flashes de los fotógrafos.