Gérard Ducarouge encarna la elegancia de la ingeniería francesa.

Gérard Ducarouge encarna la elegancia de la ingeniería francesa.
Crédito: FanF1

Gérard Ducarouge, el ingeniero francés que creó varios de los monoplazas de Fórmula 1 más elegantes y eficaces de los años 70 y 80, en particular para Ligier y Lotus, falleció el mes pasado, dejando en duelo al mundo del automovilismo.

Mientras el rugido de los motores aún resonaba en un deporte que aún buscaba su voz, Gérard Ducarouge ya estaba remodelando la estructura misma de los coches que dominarían los circuitos. Ingeniero discreto y brillante, dejó su huella en las innovaciones que transformaron la Fórmula 1, antes una apuesta mecánica, en un campo de batalla de alta tecnología. Formado en ingeniería aeroespacial, una carrera habitual para los ingenieros de su época, Ducarouge pronto encontró esta disciplina demasiado estéril para sus ambiciones. Se pasó al automovilismo con Matra, una escudería francesa que construía tanto coches homologados para la carretera como bólidos de competición. A principios de la década de 1970, pasó del modesto mundo de la Fórmula 3 al exigente ámbito del diseño de prototipos deportivos, llevando a Matra a una serie sin precedentes de tres victorias consecutivas en las 24 Horas de Le Mans, de 1972 a 1974.

Pero fue después de dejar Matra para fichar por Ligier cuando alcanzó su momento de gloria. Junto al piloto Jacques Laffite, Ducarouge ayudó a la escudería francesa a superar un reto notable frente al orden establecido, logrando victorias y rozando el título de campeón en 1979. Esta colaboración terminó cuando el fundador del equipo, Guy Ligier, lo despidió a principios de la década de 1980, pero la reputación del ingeniero ya era lo suficientemente sólida como para permitirle incorporarse a Lotus, cuando la era del legendario Colin Chapman estaba llegando a su fin. En Lotus, Ducarouge insufló nueva vida a una empresa en dificultades. Introdujo los monocascos con estructura de panal y fue el impulsor del paso a los chasis de fibra de carbono, tecnologías que se convertirían en la norma en este deporte. La prueba más visible de su impacto llegó en 1985, cuando el joven Ayrton Senna pilotó el Lotus 97T, un coche cuya maniobrabilidad y velocidad contribuyeron a lanzar la meteórica ascensión del brasileño hacia la fama en McLaren.

Su lealtad a Lotus se prolongó durante unas cuantas temporadas más, antes de que Ducarouge regresara a Ligier y, finalmente, a Matra, donde terminó su carrera como director de desarrollo internacional. Su fallecimiento marca el final de una era, pero su legado perdura en el trabajo de maestros del diseño moderno como Adrian Newey y Paddy Lowe, que reconocen su discreto genio como una influencia decisiva.

En un deporte que prima por encima de todo la velocidad, Gérard Ducarouge recordó al mundo que el verdadero rendimiento comienza bajo la carrocería, en el interior del chasis, en los materiales y en las decisiones técnicas que transforman la potencia bruta en poesía automovilística. Su discreta integridad y su incesante búsqueda de la excelencia técnica siguen marcando la evolución de la Fórmula 1, mucho después de que el propio hombre abandonara los boxes.