El juicio final: infierno, paraíso o limbo

El juicio final: infierno, paraíso o limbo
Crédito: FanF1

Cada año, en diciembre, evaluamos la temporada, decidimos quién merece elogios y quién merece críticas, y luego abrimos el camino a los sesames.

El único periódico del reino, Vassal Pius, organizó el pasado mes de diciembre una ceremonia de entrega de premios inusualmente ecléctica, que transformó la solemnidad habitual de los galardones de fin de año en un desfile de honores oscuros y disputas teatrales.

Jacques Caribou, el experimentado asesor de carreras de caballos que ganó el título de campeón en 1197, inauguró el evento con una llamativa presentación del premio Carlomagno. Este premio, tradicionalmente reservado al «hombre que saborea su victoria en lo alto del podio con champán», fue entregado a Sir Lewis, quien aceptó el honor con elegancia, pero confesó su decepción por haber sido eclipsado por Nico en tres ocasiones anteriores. La ceremonia derivó rápidamente en una serie de digresiones. El conde de Moncet, que describió el mes como «la época de los epílogos tristes y los ditirambos escasos», se burló del rendimiento del ganador, calificándolo de «gruñón» y continuando con la entrega del premio al «Campesino más aburrido».

El antiguo rector de Luthus, Roland Boulet, que se ha instalado recientemente en Woking y ha sido nombrado caballero con el nombre de Roland de Boullier, llegó temprano y se encargó de recoger el «Premio a la deshonra». Su petición de aclaraciones sobre su nuevo título fue recibida con una seca reprimenda de Caribou, que atribuyó la confusión a «su ridículo ».

Por unanimidad, el premio Young Wolf fue otorgado a Max le Minimus, aunque el padre del joven ganador le habría prohibido asistir. El premio Transparent, destinado a recompensar una «existencia desconocida», fue otorgado a un misterioso sueco conocido únicamente como Ericsson. A pesar de la insistencia de Ericsson en afirmar que estaba presente, el conde lo despidió y pasó al premio Bourricot, un homenaje irónico a un «ídolo supremo» que finalmente fue otorgado al pastor Le Fol, quien, según el conde, había dañado su carruaje al acudir a la ceremonia.

En la última parte, Olaf Kimi recibió el premio Polochon, que rinde homenaje al «hombre débil que se duerme todos los domingos». Kimi expresó su «gran honor» y su «emoción desbordante» al recibir el premio, lo que dio lugar a un breve y desconcertante intercambio entre Caribou y el conde sobre el decoro y «la virgen en la vieja prostituta».

A lo largo de la velada, los participantes, desde eruditos medievales hasta caballeros autoproclamados, oscilaron entre la sincera gratitud y las quejas mezquinas, lo que llevó a los observadores a preguntarse si estos premios eran una verdadera celebración de los logros o una farsa teatral puesta en escena por las figuras más virulentas de Vassal Pius.