Un coche de Fórmula 1 es básicamente una máquina generadora de calor equipada con neumáticos Pirelli, con un depósito de combustible situado justo delante de los motores, lo que hace que la hidratación del piloto sea esencial durante las dos horas que dura la carrera. ¿Cómo consiguen beber mientras circulan a 300 km/h?
Cuando la temperatura en la cabina de un F1 supera la zona de confort, la lucha por la supervivencia se traslada de la pista a la garganta del piloto. Cada Gran Premio (mínimo 305 km según las normas de la FIA) convierte la cabina en un horno, y un piloto puede perder entre tres y cinco kilos antes de la bandera a cuadros. La única forma de mantenerse operativo es beber con regularidad sin soltar nunca el volante. La solución es engañosamente sencilla: una bolsa de agua compacta situada en el monocasco alimenta un tubo fino que conduce directamente al casco. Con solo pulsar un botón del volante se acciona una bomba en miniatura que envía un chorro de líquido directamente a la boca del piloto. «En algunos equipos, el piloto bebe por sí mismo», explica Michael Aumento, de Bell Helmets. «El tubo está integrado en el casco a través de un canal interno, y el piloto lo mantiene en la boca o lo desliza hacia un lado durante la carrera». Dado que las paradas en boxes solo duran entre dos y tres segundos, no hay posibilidad de hidratarse entre vueltas; el piloto debe racionar su suministro para toda la distancia. Lo que beben es tan estratégico como la elección de los neumáticos. La mayoría de los pilotos comienzan la carrera con una solución electrolítica a base de glucosa en lugar de agua pura, una fórmula diseñada para mantener el esfuerzo físico bajo un calor extremo. La decisión se toma junto con los fisioterapeutas, que evalúan las ventajas frente a un inconveniente oculto: el líquido se calienta rápidamente, alcanzando a menudo unos 60 °C debido a su proximidad al grupo motopropulsor. El peso es una preocupación constante en este deporte, y cada gramo de agua cuenta. Los equipos suelen cargar entre uno y dos litros, es decir, entre uno y dos kilos adicionales, en el coche al inicio de la carrera. Puede parecer insignificante, pero en una disciplina en la que un solo kilo menos puede influir en los tiempos por vuelta, la carga de hidratación se convierte en una variable táctica. Algunos pilotos, como Lando Norris, rechazan por completo este sistema, alegando que beber durante la carrera les hace sentir mal. Cuando el sistema falla, las consecuencias son inmediatas. En el Gran Premio de Sakhir de 2009, Fernando Alonso sufrió una grave deshidratación tras un fallo en su sistema de hidratación, luchando por soportar unas temperaturas ambientales cercanas a los 40 °C. Anteriormente, durante la tórrida carrera de Dallas en 1984, el coche de Nigel Mansell se quedó sin gasolina, lo que le obligó a empujar bajo un calor abrasador hasta que el agotamiento le obligó a detenerse al borde de la pista, donde se derrumbó tras terminar sexto.
Estos incidentes ponen de relieve una faceta oculta de la Fórmula 1: más allá de la aerodinámica y la cartografía del motor, este deporte es una lucha encarnizada contra los límites del cuerpo humano, en la que una pequeña bolsa de agua y un botón en el volante constituyen el salvavidas del piloto.