Por primera vez desde Jarno Trulli en el Gran Premio de Brasil de 2011, un italiano ha competido en la Fórmula 1, con Antonio Giovinazzi al volante de un Sauber. El joven piloto formado en Ferrari aspira a consolidar su puesto en este deporte y representar con orgullo a su país en la máxima categoría del automovilismo.
Seis años después de que el último piloto italiano ocupara un lugar en la parrilla de salida, un joven de 23 años originario del talón de la bota italiana se encontró en la cabina de un Fórmula 1 en Albert Park. Antonio Giovinazzi, natural de Martina Franca, en Apulia, fue llamado por Sauber para el Gran Premio de Australia, primera prueba de la temporada 2017, tras sustituir a Pascal Wehrlein en la tercera sesión de entrenamientos libres.
Este momento pasó casi desapercibido, pero su importancia era innegable: Giovinazzi se convirtió en el primer italiano en tomar la salida de un Gran Premio desde la retirada de Jarno Trulli en 2011. Su debut se produjo tras un breve periodo de pruebas invernales, durante el cual sustituyó a Wehrlein, lesionado en un accidente ocurrido a principios de año en la Carrera de Campeones.
La mitología del automovilismo italiano está dominada por Ferrari, la Scuderia que durante mucho tiempo ha sido el abanderado de la nación en la escena mundial. Sin embargo, a los pilotos italianos les ha costado igualar el legado de la marca. El último italiano en ganar el título mundial fue Alberto Ascari, que consiguió dos títulos consecutivos en 1952 y 1953 al volante de un coche con los colores del cavallino rampante. Antes que él, Nino Farina pasó a la historia al convertirse en el primer campeón mundial de Fórmula 1 en 1950. Desde esa época dorada, una pléyade de talentos italianos —Luigi Fagioli, Luigi Musso, Lorenzo Bandini, Elio de Angelis, Michele Alboreto, Giancarlo Fisichella e incluso Jarno Trulli— han dejado su huella, pero ninguno ha conseguido volver a la cima. La primera carrera de Giovinazzi fue modesta, pero respetable. Al volante de un Sauber equipado con un motor de 2016 que ya estaba por detrás de los líderes, terminó duodécimo, evitando errores y aprovechando únicamente los incidentes ocasionales que se produjeron delante de él. En un pelotón en el que un puesto entre los diez primeros habría requerido un milagro o un incidente importante, una carrera sin errores constituía una base sólida.
Lo que distingue a Giovinazzi no es un dominio aplastante en las categorías inferiores, a diferencia de Stoffel Vandoorne o Lewis Hamilton, sino una serie de actuaciones regulares que llamaron la atención de Ferrari. La Scuderia, poco dada a promocionar el talento local, tomó al joven piloto bajo su protección, lo que deja entrever un proyecto a más largo plazo.
El programa del italiano se extiende ahora más allá de Melbourne. Sauber volverá a alinearlo en China, y circulan rumores de que también podría sustituir a Wehrlein en Baréin si la recuperación del alemán se estancara. Cada aparición ofrece a Giovinazzi la oportunidad de perfeccionar su arte, recopilar datos y, quizás, acercarse al premio definitivo: un asiento en la escudería Ferrari, vestida de rojo, que durante mucho tiempo ha sido el orgullo de Italia, aunque sus propios pilotos hayan permanecido a su sombra.