1994-2015: de Ayrton Senna a Jules Bianchi, 21 años de milagros

1994-2015: de Ayrton Senna a Jules Bianchi, 21 años de milagros
Crédito: FanF1

Veintiún años separan los accidentes mortales de Ayrton Senna y Jules Bianchi. Durante este periodo, la Fórmula 1 ha realizado enormes progresos en materia de seguridad, aunque algunos pilotos han tenido la suerte de salir ilesos de accidentes espectaculares.

Cuando cayó la bandera a cuadros en Imola en 1994, el mundo del automovilismo esperaba que la sombra que se había cernido sobre ese fin de semana no volviera jamás. Sin embargo, el fatal accidente de Jules Bianchi el 17 de julio de 2015, consecuencia de su accidente ocurrido en octubre de 2014 en Japón, reavivó el doloroso recuerdo de que la velocidad sigue siendo un peligro mortal.

Desde aquel triste 1 de mayo de 1994, la Fórmula 1 ha estado al borde de la catástrofe en numerosas ocasiones, pero ningún piloto ha perdido la vida. Cada accidente evitado por los pelos se ha convertido en una advertencia, un catalizador para los avances en materia de seguridad que caracterizan hoy en día al paddock moderno.

Solo unos días después de las dos tragedias de Roland Ratzenberger y Ayrton Senna, el novato austriaco Karl Wendlinger sobrevivió a una terrible caída a la salida del túnel de Mónaco. Su Sauber chocó contra la barrera, dejándolo en coma durante varios días, pero salió ileso y volvió a competir. Una década más tarde, Jenson Button sufrió un choque similar en el mismo lugar durante los entrenamientos de BAR-Honda en 2003. Salió ileso, pero se vio obligado a perderse la carrera por precaución. El primer Gran Premio de Australia en 1996 también estuvo marcado por la tragedia. El Jordan de Martin Brundle, equipado con un motor Peugeot, chocó contra el Sauber de Johnny Herber en la salida, dando varias vueltas de campana antes de que Brundle lograra salir del coche y reanudar la carrera en la segunda salida. Un año más tarde, el Ligier de Olivier Panis sufrió un espectacular accidente en el circuito Gilles Villeneuve de Montreal, poniendo fin a su prometedora temporada con dos piernas rotas. Dos años más tarde, las esperanzas de Michael Schumacher de ganar el título se vieron frustradas en Silverstone cuando una colisión a gran velocidad en la primera curva le provocó una fractura en la pierna y le obligó a abandonar varias carreras. El incidente de Heikki Kovalainen en el Gran Premio de España de 2008 añadió otro accidente evitado por los pelos. El piloto de McLaren chocó contra las barreras de neumáticos y salió conmocionado, pero físicamente ileso, sin ningún recuerdo del accidente. En 2010, el Red Bull de Mark Webber despegó por encima de un Caterham en Valencia, volando varios metros antes de aterrizar de forma segura en una zona de escape, otro milagro que puso de relieve la evolución de las medidas de protección en este deporte. Los pilotos brasileños también han sido protagonistas de accidentes evitados por los pelos. En el Gran Premio de Bélgica de 2001, Luciano Burti chocó con el Jaguar de Eddie Irvine, lanzándolo a toda velocidad contra la barrera de neumáticos; su casco dañado le salvó la vida, pero sufrió una conmoción cerebral y permaneció en coma durante dos días. Del mismo modo, el accidente de Felipe Massa en el Gran Premio de Hungría de 2009, cuando un elemento de la suspensión golpeó su casco, dejándolo inconsciente y lanzándolo contra el muro, requirió una delicada operación de cráneo. El regreso definitivo de Massa a la parrilla de salida, ahora al volante de un Williams, es testimonio de los avances de la medicina y la ingeniería.

Estos episodios, tomados en su conjunto, ilustran una tendencia: cada accidente grave ha dado lugar a una oleada de innovaciones en materia de seguridad, ya sean cascos más resistentes, barreras mejoradas o normativas más estrictas en los circuitos. La serie de «milagros» que comenzó a mediados de la década de 1990 culminó trágicamente con el accidente de Bianchi en Suzuka en 2014, lo que nos recuerda de forma impactante que el peligro sigue siendo inherente a la Fórmula 1. Los pilotos pueden intentar olvidar el riesgo omnipresente, pero cada incidente obliga al deporte a enfrentarse de nuevo a él, transformando momentos casi mortales en trampolines hacia un futuro más seguro.